El lobo sin luna

Una pareja de lobos corre a toda prisa por un valle que parece no tener fin; oscuro casi negro, como bañado en tinta que absorbe la pálida luz que refleja la luna envuelta en nubes.

Las cuatro patas del lobo golpean el suelo con fuerza pero se detiene cada varios metros para esperar y ayudar a su compañera. Desde que salieron del bosque fue aminorando el ritmo y conforme ascendía por la ladera de la montaña se podía oír como su respiración se aceleraba al tiempo que sus pasos se debilitaban.

El lobo la miraba con sus ojos anaranjados y la empujaba con el hocico intentando animarla a continuar, pero la loba estaba exhausta y cada paso que daba le suponía un gran esfuerzo.

 

Una luz amarilla que salía de entre los árboles empezaba a acercárseles como una gran mancha de aceite. El lobo volvió a mirar a la loba, los ojos azules de ésta se veían cansados y con miedo pero en un arranque de energía comenzó a correr ladera arriba mientras su pareja permaneció inmóvil dejando que la luz amarilla lo bañara de cuerpo entero.

Al otro extremo de la luz había dos hombres armados con rifles. Uno de ellos apuntó al lobo cerrando un ojo para poder ver a través de la mirilla de su arma.

Los ojos del lobo se veían ahora dorados y sus fauces cerradas se abrieron mostrando solamente los grandes y blancos colmillos. El hombre que le apuntaba volvió a abrir el ojo que tenía cerrado y apartó lentamente la cara del rifle, impactado ante la presencia de la enorme bestia que tenía delante.

De repente un perro se abalanzó sobre el lobo arañándole la cara con una pata pero en un segundo el lobo lo agarró del cuello con sus poderosas mandíbulas cerrándolas a cal y canto y desgarrándole la yugular en el acto.

Sin parar ni un momento corrió hacia el cazador que le apuntaba y saltando sobre él le mordió en el brazo.

 

Un estruendo retumbó en todo el valle golpeando las paredes de la montaña y parando en seco a loba que hasta entonces corría sin mirar atrás. Reanudó la marcha y llegando a un risco elevado vio una cueva junto a una cascada que caía desde la cima de la montaña. Una vez estuvo dentro se tumbó de lado totalmente desfallecida y sin aliento.

La cascada producía un sonido sordo dentro de la cueva que relajaba en cierto modo a la loba y pausaba sus fuertes respiraciones. Dejó de respirar en seco y levantando la cabeza con las orejas tiesas se quedó mirando la entrada de la cueva.

Era el lobo quién la alertó, con la boca llena de sangre y un profundo corte en el lomo producido por un fallido disparo de bala.

Se tumbó frente a ella tan cerca que sus respiraciones se fundían en una y mientras la loba le lamía la cara el lobo cerraba los ojos; se podría decir que incluso se le veía sonreír. Al poco, la loba paró de lamer a su compañero y empezó a gimotear y gruñir de dolor, inmediatamente el lobo se levantó y miró cómo daba a luz a tres lobeznos, uno negro, uno blanco y otro gris.

El lobo acercó los cachorros a la madre para que los limpiase y amamantase y volvió a tumbarse a su lado.

La loba fue entrando en un profundo sueño, tan agotada por el tremendo esfuerzo al que había sometido a su cuerpo que cuando cerraba los ojos sólo podía sentir a sus crías pegadas a su cuerpo, llenándola de un calor que jamás había sentido. Se veía a sí misma corriendo por un verde valle, totalmente iluminado y lleno de color, como si la primavera hubiese explotado sobre aquél lugar. Los tres lobeznos jugaban a perseguirse y cuando veían a su padre echado sobre la hierba corrían a morderle las orejas.

 

Pero no había verdes prados ni colores vivos, sólo roca fría y gris que servía como lecho en aquella negra noche.

El lobo la miraba, como si supiera que ya nunca más abriría los ojos.

Se estaba yendo mientras alimentaba a sus cachorros, y exhaló su último aliento entregándoselo en boca a su inseparable compañero.

 

Se levantó el lobo y salió de la cueva asomándose al risco que presidía la montaña como si de un balcón se tratara, se sentó sobre sus patas traseras y comenzó a aullarle a la luna, todavía cubierta por densas nubes negras.

No paró de aullar una y otra vez y las nubes fueron desprendiéndose de la luna como si en verdad hubieran estado envolviéndola como a un bebé en una cuna. Finalmente una grandísima y redonda luna plateada quedó al descubierto iluminando toda la montaña, pero el lobo no dejó de aullar.

 

Tal era la profundidad de sus aullidos que podían oírse desde lo más bajo del valle hasta la cima de la montaña, incluso con el ruido de la cascada que hacía de orquesta a su triste canto.

También los cazadores lo oyeron, y siguiendo el rastro de sangre que el animal había ido dejando no les fue difícil encontrarle. Una vez lo tuvieron a tiro, el cazador que no estaba herido apuntó al gran lobo y sin respirar aguardó unos segundos para calmar su pulso.

Apretó el gatillo y la bala recorrió los escasos cincuenta metros que separaban al hombre de la bestia en menos de un segundo, atravesando la garganta del lobo y cortándole en seco el aullido y despeñándolo por el risco hasta caer al río donde la cascada rompía con suma fuerza.

Cuando los dos hombres se adentraron en la cueva para buscar a la hembra vieron que estaba tumbada sin gesticular lo más mínimo mientras dos lobeznos mamaban de ella. En seguida se dieron cuenta de que estaba muerta. Uno de ellos agarró a los pequeños y abandonando el cuerpo de la madre se marcharon por donde habían venido, sin ni tan siquiera llevársela para obtener su piel.

 

El lobezno gris, que se había quedado dormido entre las patas de su madre, se despertó y anduvo, ciego y sordo, solamente guiado por un incipiente olfato, hasta los senos de su madre para volver a alimentarse, pero… ¿por cuánto tiempo?

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